¿Qué decía la carta que Porte dejó a su hermano? (Nota VI)

Vista del campo de juego construido en 1900 en el predio del Gran Parque Central por la empresa de tranvías a la Unión y Maroñas. En la mitad del mismo apareció el cuertpo de Abdón Porte, quién optó por el camino del suicidio en la madrugada del 5 de marzo de 1918. El motivo, de acuerdo a lo que expresó en su discurso su compañero de equipo, Ramón Pesquera, es “un misterio inescrutable”.

Las ediciones del jueves 7 de marzo de 1918 dedicaron amplios espacios a cubrir e informar sobre todo los detalles del velatorio y sepelio de los restos mortales de Abdón Porte. El Día, La Tribuna Popular, La Razón y el Siglo se limitaron a ese tipo de cobertura, dejando completamente de lado el tema vinculado con esclarecer los motivos que llevaron a un joven futbolista que estaba en la cumbre de su trayectoria a adoptar la decisión de poner fin trágicamente a su vida.

EN EL PANTEÓN DE LOS CÉSPEDES Y EL HOMENAJE DE PEÑAROL

 La cobertura más amplia y de mayor categoría del acto del sepelio –sin duda alguna- la realizó el vespertino El Plata. Incluyó dos fotografías en la página entera que destinó para cubrir la noticia. Se observa una imagen de la columna de gente que atiborró la calle principal del cementerio Central y, luego, un primer plano del Rodolfo E. Bermúdez, leyendo su discurso en representación del Club Nacional de Football.

En el comienzo de la misma destaca que La familia del señor Eusebio Céspedes accediendo al póstumo pedido de Porte, ofreció al Club Nacional el sepulcro en el que descansan los hermanos Céspedes. En consecuencia, en la mañana de hoy fueron trasladados los restos al Cementerio de la Teja.[1]

Uno de los detalles simpáticos lo ofrecieron los elementos del primer team del Peñarol, el tradicional adversario del Club del Camino 8 de Octubre. Vimos, sin una sola excepción, á todos sus componentes, que acudieron en corporación á este acto de extricta (sic) y obligada solidaridad.[2]

Aporta al destaque de esta información señalar que en la anterior edición de El Plata –la del miércoles 6 de marzo-, con el mismo sub-título que encabeza estas líneas, el vespertino informó que el decano de nuestro football, el Club A. Peñarol, envió a la sede del Club Nacional una delegación especial, con el cometido de depositar una corona, ofrenda de los aurinegros hacia quien fue su más tesonero rival de las justas deportivas.[3]

Entiendo que corresponde destacar esta información, principalmente en estos momentos de nuestro fútbol, cuando ya han transcurrido casi dos décadas del siglo XXI y en donde, en lugar de aquietarse las pasiones para volver al viejo sentimiento deportivo donde más allá de las disputas en la cancha reinaba la caballerosidad y la cortesía entre los exponentes de pasiones tan diferentes.

EL DISCURSO DE RAMÓN PESQUERA, COMPAÑERO DE EQUIPO

Entiendo importante para arrojar luz sobre esta polémica surgida desde hace varias décadas, entre la verdad histórica y la verdad oficial construida –choque que se agiganta en esta ocasión del centenario del trágico hecho-, proceder a reproducir íntegramente el discurso leído por Ramón Pesquera, jugador del primer equipo de Nacional, quien hizo uso de la palabra en nombre de sus compañeros de plantel.

¡Porte ha muerto! Esta frase lapidaria cruzó ayer como fulgor de rayo por nuestros oídos y recorrió de boca en boca la ciudad estremeciéndonos el corazón. La fatal nueva no se amoldaba á nuestro entendimiento, parecía el espejismo de un sueño que llegaba para torturarnos el alma con el dolor de una pesadilla ingrata; pero pasaron los primeros momentos de estupor y aun sin querer arrancar de nuestros ojos esa venda que parecía impedirles ver, tuvimos que convencernos de la terrible realidad, tuvimos que convencernos de que nuestro camarada, nuestro buen amigo, había muerto y tuvimos que reconocer que aquel hombre fuerte y joven, vigoroso y luchador, había caído para siempre sobre el mismo campo que tantas veces sirviera para recoger el eco estrepitoso de los aplausos que nuestro valiente camarada provocó en sus tardes de gloria, de las que, tantas veces gustó el alma noble de nuestro Indio

Una de las columnas fuertes de nuestro club se ha derribado y en su caída ha llevado con ella un pedazo de nuestra alma, de nuestra vida misma, ya que se lleva consigo una amistad íntima, un pedazo de nuestro corazón y la amistad leal y sincera como era la que con sus amigos usaba Porte. Era, señores, á mi juicio, una parte integrante de nuestro ser.

La fatídica visión de la muerte, que al contemplar los despojos inertes del que ayer fuera un gallardo vencedor, revuelve nuestros sentidos. Y es en este caso más lúgubre y más avasalladora que nunca, porque en el fondo de lo sucedido aparece el misterio inescrutable. Respetemos con la solemnidad que la muerte impone con su presencia, el terrible designio, el insondable por qué, que armó la mano de quien á si propio se despedaza el corazón y pensemos que muy grande debió ser la tribulación que embargara su espíritu cuando le llevó a tan definitiva decisión. No es del caso indagar, no hay porque hacerlo, el destino, la predestinación, lo llevó allí y su sino desdichado quiso que no pudiéramos cortar lo inevitable, que no pudiéramos tender nuestra mano al que al borde del precipicio, se abismó en él, dejándonos tan sólo el recuerdo cariñoso de su bondad y de su altivez como ejemplo de amigo y como prototipo de luchador.

En nuestra mente vivirá siempre el recuerdo de su amor al club de sus amores, eternamente recordaremos sus arrestos gallardos de valiente, que no cedía ante el cansancio, ni el dolor, que desdeñando las fatigas de su cuerpo y despreciando la adversidad entregaba su alma por entero, en la defensa de sus ideales.

Sin que mis palabras lleven el menor engendro de reproche para nadie, ya que odios no caben ante la magnitud de la muerte, es necesario recordar aquella aciaga tarde en Belvedere en la Porte entregó hasta la última gota de energía de su ser y no se amilanó ante el castigo ni guardó de él rencores ni odios para nadie. Pudo siempre, dada su complexión, responder con la agresión á los que le agredieron, pero nunca lo hizo: era bueno y era noble, era sportman y era caballero.

Porte, compañero de todos los momentos, que te fuiste, acompáñanos con tu espíritu en la lucha, sigue vertiendo sobre nosotros con la prodigalidad con que siempre lo hicieste (sic) tu ejemplo de luchador; y hermanando tu imperecedero recuerdo con el de los que fueron nuestros y te precedieron en el camino de la muerte, haremos de de ese recuerdo al altar donde fortificaremos nuestro espíritu y lo templaremos para las luchas del porvenir.

Camarada: sobre tu tumba depositamos tus compañeros una rama de oliva que ciña eternamente tu frente de vencedor y del jardín de nuestra vida escojeremos (sic) para ti las mejores margaritas á fin de que te lleven con su aroma, el recuerdo inolvidable de tus compañeros.

Descansa en paz”.[4]

LAS PALABRAS DE PESQUERA Y ALGUNAS INTERROGANTES

Compañero de equipo de Abdón Porte en la etapa gloriosa del primer trienio de campeón uruguayo de Nacional (1915-1917) conseguido por un club en el fútbol de nuestro país, Pequera inició sus palabras para ratificar la importancia que tenía el equipo el jugador que se quitó la vida. Ramón Pesquera se desempeñaba en la defensa, razón por la cuál conocía muy bien la capacidad y competencia de Porte. Lo define como una columna y alerta sobre el futuro sin su presencia.

Luego Pesquera hace hincapié en algo que, un siglo después, parece totalmente lógico. Se refiere al episodio dejando inicial constancia clara y terminante al expresar que “de lo sucedido aparece el misterio inescrutable”. Esta afirmación es la única que tiene validez cuando aquel ser humano que decide transcurrir el tortuoso y difícil sendero de la autoeliminación, no deja un testimonio rotundo y definitivo sobre los motivos que lo condujeron al suicidio. Es por esa razón que Pesquera se dirige a los presentes en el acto del cementerio central, planteando a todos una solicitud: “Respetemos con la solemnidad que la muerte impone con su presencia, el terrible designio, el insondable por qué, que armó la mano de quien á si propio se despedaza el corazón y pensemos que muy grande debió ser la tribulación que embargara su espíritu cuando le llevó a tan definitiva decisión”.

No es del caso indagar, no hay porque hacerlo, el destino, la predestinación, lo llevó allí y su sino desdichado quiso que no pudiéramos cortar lo inevitable”.

Al reflexionar sobre la apelación de Pesquera intentando desanimar a quienes estuvieran afines a buscar los motivos de la trágica decisión, surgen interrogantes lógicas para quién se incline sobre el hecho -cien años después de ocurrido el mismo-, como es mi caso. ¿Qué revelación o mensaje contenía una de las dos cartas que quedaron junto al revólver y cuyo destinatario era el hermano del suicida? ¿Por qué nunca trascendió y no se ha hecho ninguna mención, en los diarios de la época a la misma? Es de suponer, dada la importancia y trascendencia que el Dr. José María Delgado ejercía sobre la vida del Club Nacional de Football, que a él se entregaron las dos cartas, una de las cuáles estaba remitida a su persona. Y las preguntas continúan fluyendo. ¿Las cartas se encontraban en sobres cerrados o no?

En suma, el cierre de las palabras de Ramón Pesquera, así como el texto de la carta que el Dr. José María Delgado publicó en El Plata del 6 de marzo en respuesta a lo escrito por La Tribuna Popular en la jornada anterior, abren otro espectro de conjeturas sobre la única realidad que conocemos y que el jugador Pesquera resume con acierto: “el misterio inescrutable”.

[1] “El acto de hoy”. El Plata. 07/03/1918.

[2] “Los de Peñarol”. El Plata. 07/03/1918.

[3][3] “El homenaje del Peñarol”. El Plata. 06/03/1918.

[4] “Del señor R. Pesquera”. El Plata. 07/03/2018.

_____

Próxima nota: Definitivo: Delgado no cree en la decadencia de Porte y afirma que estaba en “su hora meridiana”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *