Horacio Quiroga escribió el cuento de Porte a pedido del presidente de Nacional (Nota XII)

Horacio Quiroga nació en Salto el 31 de diciembre de 1878. Cinco años mayor que el Dr. José María Delgado, cultivó con quién a los 26 años asumirá como presidente de Nacional, una gran amistad, al igual que con Asdrúbal, su hermano mayor. Testimonio de esta afirmación es un libro publicado con la amplia correspondencia del cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo. Quiroga se suicidó en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires el 9 de febrero de 1937. Bebió un vaso de cianuro al enterarse que padecía cáncer de próstata. Tenía 58 años.

La pista que me permitió ir juntando las piezas que componen la respuesta a la afirmación rotunda formulada en el título de esta nota, la encontré releyendo un libro que se encontraba en el acervo de mi biblioteca desde algo más de un cuarto de siglo. Escrito por Pablo Rocca en 1990, Literatura y fútbol en el Uruguay (1899 / 1990) La polémica, el encuentro, de editorial Arca, se convirtió en una obra imprescindible por varios motivos. Comencemos por  transcribir lo que se lee en las páginas 20 y 21 del texto:

El 16 de mayo de 1918 la revista porteña Atlántida publicó, a una página y con un dibujo de Málaga Grenet en el centro, un breve relato de Horacio Quiroga titulado Juan Polti, half-back. La historia trata de un jugador del Nacional de Montevideo, proveniente de un ignorado club de quinta categoría y del pueblo. […] Del apogeo deportivo a la decadencia física, desde el éxito a su retiro del plantel y de ahí al suicidio. A Quiroga lo seduce –como siempre- el destino trágico del personaje, no le importa la plasticidad del juego ni se detiene en las condiciones del futbolista, éstas son apenas un marco para el frustrado sueño del pibe y su final, con la grotesca morisqueta que corona la carta despedida. El cuento, por su brevedad, por la economía de recursos empleados, se lee como casi todos los relatos de la primera época quirogiana, textos confeccionados a medida de una página, como los que exigía Luis Pardo en Caras y Caretas. Sin embargo la historia abarca demasiados hechos, pasa y saltea datos de singular riqueza en el personaje y en su entorno, urgido por el desenlace fatal. No es de sus mejores creaciones, pero contiene todos los rasgos que lo diferencian y lo distinguen entre los escritores del 900.

El caso elegido, sin embargo, no fue imaginado exclusivamente por el autor. Se trata de la reelaboración de un material que la realidad le proporcionó, un suceso ocurrido en Montevideo en la mañana del 5 de marzo de 1918. Ese día el cuerpo de Abdón Porte –y no Juan Polti, alteración nominativa obvia por la cercanía del acontecimiento- fue hallado por el encargado del Parque Central tendido en el medio del campo, con un tiro en la cabeza y una carta en la mano. El mensaje estaba remitido al presidente del Club Nacional, institución donde Porte había actuado hasta apenas unos días atrás cuando había sido apartado por su bajo rendimiento.

Tal presidente era un salteño, amigo de Quiroga desde la juventud, contertulio en el Consistorio del Gay Saber, corresponsal activo, primer biógrafo –junto con Alberto J. Brignole- en 1939: el Dr. José María Delgado, quien –como veremos- algo hará con el nexo literatura-fútbol. En la correspondencia que mantuvieron no queda ninguna cita de la anécdota, aunque hay una carta de agosto 22, donde algo podrían haber comentado[1]. Indudablemente fue Delgado quien le pasó la historia y, tal vez, la nota del suicida. Quiroga era poco propenso a confesiones sobre sus cuentos, además no tomó a Juan Polti, half-back en ninguna de las colecciones de relatos que de ahí en adelante compiló.

 EL CUENTO DE QUIROGA: JUAN POLTI, HALF BACK

La precedente no es la única mención que el autor del libro citado -Pablo Rocca- realiza asegurando que el dramático escritor salteño, Horacio Quiroga, recibió una carta del Dr. Delgado con noticias de lo ocurrido en Montevideo. En la página 37 informa Rocca de la aparición en noviembre de 1918 de la revista ¡Nacional! Dirigida por Rodolfo E. Bermúdez. Y agrega: “Allí ODAGLED escribió muchos poemas nacionalófilos, evidente seudónimo de José María Delgado, el mismo que le había proporcionado la epístola de Abdón Porte a su amigo Horacio Quiroga.

Entiendo del caso como elemento que sustenta la conclusión a la que arribaré, la transcripción del cuento Juan Polti, half-back que Quiroga consideró menor adoptando la decisión de que el mismo no figura en ninguna de las colecciones de relatos que de ahí en adelante compiló. He aquí el referido cuento.

Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.
Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar; por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.
Polti tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado Club de quinta categoría. Pero alguien de Nacional lo vio cabeceador, comunicándolo en seguida a su gente. Nacional lo contrató, y Polti fue feliz.
Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio, es cosa que razonablemente, puede marear; pero dormirse forward de un Club desconocido y despertar de half-back de Nacional, toca en lo delirante. Polti deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto:

-Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado…
El quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.
Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con cincuenta pesos oro. Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba.

La gloria lo circundaba como un halo. “El día que no me encuentre más en forma”, decía, “me pego un tiro”.

Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido. Hay pequeñas roturas, pequeñas congestiones, y el resto. El half-back cabeceaba toda una tarde de internacional. Sus cabezazos eran tan eficaces como las patadas del team entero. Tenía tres pies: esta era su ventaja.

Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.

Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros, porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria de field.

Cómo lo supo Polti antes de serle comunicado, o cómo lo previó -lo que es más posible-, son cosas que ignoramos. Pero lo cierto es que una noche el half-back salió contento de casa de su novia, porque había logrado convencer a todos de que debía casarse el 3 del mes entrante, y no otro día.

El 3 cumplía años ella. Y se acabó.

Así fueron informados los muchachos esa misma noche en el club, por donde pasó Polti hacia medianoche. Estuvo alegre y decidor como siempre. Estuvo un cuarto de hora, y después de confrontar, reloj en mano, la hora del último tranvía a la Unión, salió.

Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half-back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco.
En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía:
Querido doctor y presidente: le recomiendo a mi vieja y a mi novia. Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto. ¡Viva el club Nacional. Y más abajo estos versos:

Que siempre esté adelante

El club para nosotros anhelo

Yo doy mi sangre por todos mis compañeros,

Ahora y siempre el club gigante

¡Viva el club Nacional!

El entierro del half-back Juan Polti no tuvo, como acompañamiento de consternación, sino dos precedentes en Montevideo. Porque lo que llevaban a pulso por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón.

Todo lo rescatado en este artículo, además de la lectura del libro de Pablo Rocca y –especialmente- el final del breve cuento de Horacio Quiroga, abren la puerta al tránsito por las últimas notas de esta serie, donde revelaré una pregunta fundamental sobre el mito. ¿Cómo nació? Resultará apasionante. Como anticipo creo atinado cerrar esta nota XI con una constatación. Los versos atribuidos a Porte enviados por el Dr. Delgado a su amigo Quiroga no son los mismos que el propio presidente de Nacional entregó a La Tribuna Popular al otro día del suicidio y que, según lo indicado en los textos del diario citado, pertenecían a la carta que Porte dejó para el Dr. Delgado. Es que, entonces… ¿Porte escribió dos cartas con textos distintos y no una sola misiva al presidente de Nacional?

[1] Cartas inéditas de Horacio Quiroga, Montevideo; INIAL, 1959, tomo II. Prólogo de Mercedes Ramírez de Rossiello, ordenación y notas de Roberto Ibáñez, pp. 53-75.


Para entender la verdad oficial publicada en 1918 es necesario reconstruir la historia de Nacional (Nota XIII – 1.ª parte)

 

 

 

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